Los tipos duros no bailan

Los tipos duros no bailan

Tim Duncan enlaza una mano con la otra y descansa su vista en el piso. Se revuelve en la silla, que no logra cubrir ni la mitad de su espalda. El vestuario de los Spurs es un ovillo atado por cables de cA?maras de video. Los periodistas se agolpan entre sA� y a los gritos cortan las vA�as de escape de los jugadores con micrA?fonos, brazos y piernas. Duncan no contesta porque parece no escuchar: se lo nota incA?modo, abstraA�do en pensamientos de A�ndole superior. EstA? cansado de esto y jamA?s ha disfrutado de lo que rodea al bA?squetbol. Lo comprende, lo estudia y lo procesa, pero no lo acepta. Ni lo aceptarA?.

Duncan, dice el marketing global, es aburrido. Y Duncan, lejos de querer huir a esa conclusiA?n de los especialistas de turno, firma la confesiA?n de partes al levantarse, esquivar las lentes y sumergirse en el sA?tano del vestuario. Estamos en las prA?speras tierras de San Antonio y se juegan las Finales de la NBA 2014.

Hoy han pasado algo mA?s de dos aA�os de aquel momento y Duncan ha decidido dejar el juego. Es un dA�a triste para mA� y seguro tambiA�n para todos los amantes del bA?squetbol que pretedemos ver algo mA?s que lo que nos cuentan las marquesinas. Los tipos duros no bailan. AsA� ha sido la carrera del genio nacido en Islas VA�rgenes: ganar, ganar y ganar. Sin sonrisas a la cA?mara, sin excentricidades para fortalecer el producto, sin guiA�os recurrentes al orden establecido.

Duncan no sA?lo ha sido el mejor ala-pivote que ha dado la historia del juego. TambiA�n ha sido la leyenda menos pretenciosa del deporte mundial de todos los tiempos.

“Cuando nada parece ayudar, voy adonde el cantero y lo miro martillar su roca, tal vez unas cien veces sin que siquiera se note una grieta en ella. Sin embargo, al centA�simo primer martilleo, A�sta se partirA? en dos y sA� que no serA? debido al A?ltimo golpe sino a todos los que vinieron antes” (Jacoob Riis)

El mensaje descansa en una de las paredes laterales del vestuario de Spurs. Se trata de la filosofA�a de San Antonio, un abrazo simbA?lico a la perseverancia, al esfuerzo y al sacrificio. Duncan fue, es y serA? ese hombre que golpea el martillo. El balA?n besando una y otra vez el tablero. Las piernas en 45 grados. La espalda utilizando la llave como soporte. El respeto hacia los compaA�eros, que no es otra cosa que el respeto desmedido hacia el juego. Sin A�l, esta franquicia hubiese sido un mercado menor olvidado dentro del mundo de la NBA y Gregg Popovich jamA?s hubiese podido gestar la cultura de bA?squetbol que trascendiA? continentes y A�pocas para romper definitivamente la barrera de tiempo y espacio hacia la eternidad.

El retiro de Duncan significa el adiA?s definitivo de la vieja escuela, aquella que tenA�a la fidelidad como moneda de ahorro y no de cambio. TD pudo irse de San Antonio antes de todo pero prefiriA? quedarse para ir por la gloria mA?xima. Y lo logrA?. Cinco veces lo logrA?, en diecinueve temporadas. Sin excusas ni quejas. El Big Three de San Antonio fue una construcciA?n de tiempo y trabajo, no una bA?squeda de lealtades a partir de llamadas telefA?nicas y correos electrA?nicos.

Duncan ha construido su leyenda a partir del juego de pies, su habilidad para jugar de frente y espalda, su defensa y su capacidad rebotera. Pero lo mejor de A�l ha sido el mensaje que deja en su partida y lo convierte en un profeta del bA?squetbol: ningA?n jugador es mejor que todos juntos. Duncan fue el ancla que le permitiA? a Popovich realizar una reconstrucciA?n invisible, al dar un paso atrA?s en el momento justo. El deporte, dijo Duncan con hechos, es una uniA?n sinA�rgica de partes. Y no todos los triunfos, ni todas las derrotas, valen igual. Decir no muchas veces es mA?s importante que decir sA�.

En tiempos en lo que todo sucede a la velocidad de la luz, en la que se desea obtener rA�dito rA?pido haciendo poco, Duncan levanta la bandera de una generaciA?n escondida que enseA�a que la mesura paga. Que vale la pena escupir hasta la A?ltima gota de aliento, sin quedarse con nada guardado. Porque al final del camino, cuando se mire para atrA?s, serA?n los pequeA�os sacrificios diarios y las lealtadas oportunas las que escriban la gran historia. No importa lo que se dice sino lo que se hace; no se deben abandonar nunca los sueA�os antes de tiempo. Se puede brillar en silencio, dice Duncan, y contradice todo y a todos al volar alto con los pies en forma de raA�ces que abrazan la tierra. Como el hombre que golpea la roca una vez, dos veces, mil veces, Duncan cae, se recupera y se levanta. Pule la piedra con obsesiA?n recurrente. Avanza. Carga un fA�sico cansado, golpeado, dolorido, pero avanza. Va, porque necesita hacerlo. Porque debe hacerlo. Y entonces llega el dA�a en que todo encaja. En que sacrificio, pasiA?n y juego se unen conformando un sentimiento A?nico.

Duncan se despide del bA?squetbol como A�l quiso: sin grandes celebraciones ni aplausos, pero con la sabidurA�a de los que trascienden en el silencio. De los que logran derrotar al orden establecido, de los que consiguen las cosas sin tener que dejar valores arriba de una mesa colmada de sacos y corbatas. SerA? como deba ser o no serA? nada. Como aquella tarde en el vestuario de Spurs, Duncan enlaza una mano con la otra, descansa su mirada en el piso. Y tras unos segundos, sonrA�e. Todo, absolutamente todo, valiA? la pena.

Los tipos duros no bailan.

Hasta siempre, querido e inolvidable Tim Duncan.

cjfg

Comentarios