La desaparición de la URSS y el modelo económico

La desaparición de la URSS y el modelo económico

por Omar Carreón Abud

En el año 2005, Vladimir Putin dijo ante el parlamento ruso que el colapso de la Unión Soviética había sido el mayor desastre geopolítico del siglo XX. Probablemente se quedó corto porque, a mi ver, no sería exagerado asegurar que lo fue de toda la historia de la humanidad. Por lo que respecta a Rusia, uno de los países -el más grande y poblado- a la deriva por el desmembramiento de la URSS, debe recordarse que de la noche a la mañana 25 millones de rusos se despertaron fuera de su país, que el Producto Interno Bruto se contrajo a la mitad y la inversión en un 80 por ciento, que el 75 por ciento de la población cayó en la pobreza y, para los que gustan de señalar a Rusia como una potencia amenazadora de la paz mundial, informo que sólo el aumento para el presupuesto de defensa de Estados Unidos que propone Donald Trump para el año que entra, es decir, 54 mil millones de dólares más, equivale al 80 por ciento del gasto actual anual de Rusia en este sector.

La caída de la Unión Soviética, celebrada por los más poderosos medios de comunicación del mundo como una gran victoria de la libertad, la democracia y el progreso, que marcó “el fin de la historia” (en palabras de Francis Fukuyama) y, supuestamente, abrió las compuertas al progreso sostenido y la felicidad universal, no ha cumplido con ninguna de esas nobles expectativas. Ha resultado todo lo contrario. Se ha desbocado la agresividad de los sectores militaristas y reaccionarios de Estados Unidos y han sumido al mundo en terribles años de guerras continuas que le han costado al pueblo norteamericano 6 millones de millones de dólares, sin contar los millones de vidas humanas en todo el planeta.

La caída de la Unión Soviética y el capitalismo salvaje resultante impactaron al propio Estados Unidos. La ley de la concatenación universal de los fenómenos no perdona. ¿Quién iba a decir que con ese cataclismo geopolítico iban a acudir centenares de millones de oferentes de fuerza de trabajo en todo el mundo buscando un empleo y que se abriría entre ellos una durísima competencia que, con la complicidad de sus respectivas burguesías, arrojaría al suelo los salarios? ¿Y quién hubiera previsto las consecuencias catastróficas de la salida masiva de capitales de Estados Unidos, que de por sí no tienen

patria? Hay al respecto un interesante artículo de Paul Craig Roberts, Secretario Asistente del Tesoro en el gobierno de Ronald Reagan, publicado en el portal Infowars.com el pasado 30 de octubre de 2015, en el que el autor hace referencia a otro artículo anterior suyo, publicado en coautoría con el Senador Charles Scheler en el New York Times del 6 de enero de 2004, documento en el que refutaba la idea de que los empleos que se iban al extranjero eran simplemente libre comercio y, Craig Roberts, añade ahora que, unos días después de aparecido aquel artículo y como consecuencia de lo dicho ahí, participó en un panel televisado en el que fue todavía más contundente: aseguró que la salida de empleos al extranjero provocaría que, en 20 años, Estados Unidos estaría convertido en un país del tercer mundo. ¿Y no es cierto que ahora, a un poco más de la mitad de ese plazo, la desocupación real azota a los Estados Unidos? ¿No es cierto que Detroit no es ya ni la sombra de lo que alguna vez fue? ¿No es cierto que los estados de la unión de la zona conocida como el Cinturón del óxido y de la zona de los Apalaches, sumidos en la pobreza y creyendo sus promesas, son los que votaron por Donald Trump? ¿No es cierto que con toda la campaña de ataques que tiene encima, su discurso a favor de los empleos y ofreciendo colocar a EU primero, volvió a ganar votaciones, ahora en dos distritos electorales, el 5 de Carolina del Sur y el 6 de Georgia, dejando pasmados a los analistas y a los propios demócratas? Estados Unidos está adquiriendo las detestables características del Tercer mundo.

La inconformidad con el Partido Demócrata no sólo tiene su origen en la salida de los capitales y, consecuentemente, de los empleos, sino en la destrucción de buena parte del estado del bienestar que se había levantado desde principios de los años 30 como medida para evitar que los trabajadores norteamericanos (y los del mundo entero) voltearan a ver los éxitos de la Revolución rusa en la Unión Soviética. Desde que estuvo en campaña, William Clinton, el primer presidente de la era post Unión soviética, prometió “acabar con el Estado de bienestar tal como lo conocemos” y, sólo como ejemplo, en 1996, firmó la ley llamada de “Responsabilidad personal y Reconciliación para la oportunidad en el empleo” y, con ella, los pobres beneficiados con ayudas en efectivo en EU pasaron de 13 millones en 1995, a 3 millones en la actualidad. He ahí una de las explicaciones de la derrota de Hilary Clinton.

En México también se aplicó la política de acabar con el Estado de bienestar. La privatización de cientos de empresas del Estado (que

no termina todavía) que proporcionaban mercancías y servicios a bajo costo, no fue la única de las medidas. Vale la pena referirse a otro de sus aspectos que pronto hará erupción: el abandono de la responsabilidad del Estado para proporcionar a la clase trabajadora una vejez digna. El Estado de bienestar pagaba las jubilaciones con fondos públicos; a partir de 1995, desaparecido el mal ejemplo de la URSS, se reformó la ley del IMSS y se inauguró la época de las “cuentas individuales”, el Estado abandonaba la obligación de mantener durante su vejez a los trabajadores y se la endosaba a cada trabajador en particular obligándolo a ahorrar una parte de su magro salario para cuando ya no estuviera en posibilidades de trabajar. Aparecieron las poderosas Afores que, comedidamente, se encargaban de “cuidar” el ahorro de los trabajadores invirtiéndolo con provechosos intereses. Han pasado 20 años, dentro de cinco años “egresará” del humanitario programa la primera generación de jubilados quienes recibirán de sus respectivas Afores una “tasa de remplazo”, es decir, un pago por jubilación, que apenas llegará al 26 por ciento de su último salario cobrado. Más pobreza en nuestro futuro.

El fin del Estado de bienestar significó el Estado capitalista barato, el que ya no necesita fingir que puede proporcionar una vida mejor para las grandes masas y, por tanto, no molesta a las clases poderosas obligándolas a que moderen sus fabulosas utilidades y paguen más impuestos para promover una mejor distribución de la riqueza. El de ahora, el Estado del neoliberalismo, otorga prioridad a las grandes empresas sobre los trabajadores. Si se trata de la destrucción capitalista de la naturaleza, del uso de los recursos naturales del país, de la explotación bárbara de la fuerza de trabajo, todo está a favor de la clase capitalista. Pero este nuevo Estado del modelo neoliberal está colapsando y debe cambiarse, está provocando pavorosas crisis económicas con su cauda de empobrecimiento masivo y, consecuentemente, está aumentando cada hora que pasa la irritación y la protesta social en múltiples formas. El modelo neoliberal es una de las consecuencias terribles de la caída de la Unión Soviética. ¿Exagerado? Vea lo que escribió hace dos años el mencionado Paul Craig Roberts, uno de los más altos funcionarios del gobierno de Ronald Reagan: “El colapso de la Unión Soviética es lo peor que le ha pasado a Estados Unidos”. ¿Y a México? ¿Qué diría con respecto a México?

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