La comercialización de la Noche de Muertos

La comercialización de la Noche de Muertos

En estos días de Noche de Muertos es muy dado hablar de “nuestras tradiciones” y de respetarlas, promover su conocimiento, difundirlas, explicarlas y en algunos casos defenderlas como si fuera cuestión de vida o muerte; en otros casos, disfrazarse como catrín o catrina esqueléticos es sinónimo de mexicanidad con la que hay que cumplir obligatoriamente (descartamos por ahora tratar el caso del zombie holliwoodense y la masificación de su criminal insensibilidad de “muerto viviente comecerebros”, tan apropiada para degenerar a millones de jóvenes, acostumbrarlos a ver seres humanos destruidos como si fuera lo más normal y lograr así que ningún joven cuestione la criminalidad propia de los ejércitos imperialistas: ¡macabra alegoría, que merece tema aparte!). A diferencia de lo que sucedía décadas atrás, la prensa, la televisión, el internet y prácticamente todos los medios de comunicación, tiendas y centros comerciales, escuelas, y en general la sociedad entera actuales, se hayan volcados sobre el tema, con persistencia sin igual, sobre todo en aquéllos lugares visitados por turistas en busca de conocer directamente la tradición. Y a pesar de toda la teoría de la derrama de beneficios por el turismo hacia los empleados comunes, la realidad es que solamente las clases ricas son las que se benefician con todo este gigantesco montaje, que deja cada año a los pobres más pobres y a los ricos más ricos. Así es: en la Noche de Muertos también se manifiesta la crueldad del capitalismo destructor, nada escapa a su afán de enriquecimiento y ha sabido hacer suya “nuestra tradición” para llevar agua a su molino: ahora es incuestionable que todo mundo colabore para montarle, en aras de esa mexicanidad tilica y flaca, un gran show que atrae ríos de turistas de los que se aprovecha a cabalidad sólo una ínfima parte de la población, compuesta de hoteleros, restauranteros y agencias de viajes; los demás empleados de la cadena turística sólo hallan en esa festividad un mejoralito para su pobreza.

Promovida por los gobiernos, esta artificial mezcolanza de vestidos “afrancesados” y huesos mexicanos, se ha convertido además, en un excelente mercado para todo tipo de chucherías necesarias para que el show masivo sea completo y del agrado de las grandes compañías turisteras: el consumismo disfraza y oculta así realidades tristes –por ejemplo jovencitos de escuelas patito reprobados o de escuelas “bien”, pero de estrecha mentalidad social y humana- que se aferran a la Catrina como una tabla salvadora (u olvidadora) de las miserias que nos hace vivir este injusto sistema social, aunque sólo sea por cinco minutos de pelona gloria por las calles del centro de las ciudades. Un éxito en toda la línea para el capital: ha creado una necesidad artificial masiva en tres décadas que ha sido abrazada por la población entusiasta y creciente, le saca provecho en forma de ganancia haciendo que los actores de su show compren sus propios atuendos, no les paga un centavo por sus inauditos esfuerzos y, además, gana con el turismo, principal objetivo del gigantesco funeral de la tradición indígena. ¿Pero y los muertos de a de veras? Esos que se queden en el cementerio, que es

ridículamente pequeño para las necesidades monstruosas del creciente mercado de Muertos, ¡faltaba más, la Dientona de a devis ya es cosa del pasado!

Pero líneas atrás decíamos que hay una tradición indígena. En efecto, como cuando hablamos de democracia, también hay que preguntarse ¿de cuál Noche de Muertos hablamos, de la mestiza o de la indígena? ¿De la actual, o la de mediados del siglo XX, o la del siglo XIX? O la de… porque son diferentes. Además, el indígena, rico o pobre, que sin tanto show espera a su muerto, en verdad piensa y siente que éste regresa. El mestizo no, o por lo menos cada vez menos; y las clases ricas citadinas mucho menos; mestizos y ricos citadinos a lo más que llegan es a limpiar la tumba, ponerle flores y ya. El indígena le lleva de comer y come con él, de beber y se emborracha con él, con el muerto. Eso es muy diferente y está lleno de una carga emotiva que estruja el corazón del más templado. Y eso es lo que admira de la Noche de Muertos indígena, es el núcleo cultural de la creencia. De allí que la reproducción fuera de contexto de los elementos de una ofrenda indígena, por ejemplo en una plaza citadina o en cualquier patio, carezca por completo de su esencia, que es la creencia no cristiana, no propia del catolicismo, de que el muerto no sólo regresa, sino que convive, cohabita otra vez un día con los vivos y éstos lo alimentan, le hacen saber de lo que ha pasado en su ausencia y lo despiden otra vez. El zombie remendado y monstruoso con cara de catrín decimonónico creado por el capitalismo moderno carece, pues, de autenticidad, y por tanto, no tiene nada de tradición. Se trata más bien de un vulgar secuestro cultural para crear una lucrativa ficción cultural del tamaño del insaciable apetito capitalista.

Habrá que recuperarle su alma al catrín, habrá que dialogar con nuestros muertos, pero a nivel cultural, en la esfera de una nueva conciencia social; habrá que, no tanto algo así como recuperar la tradición, sino desarrollarla a un nivel superior; habrá que volver a tejer la pedacería que nos está dejando el burgués depredador. Pero eso lo hará el pueblo consciente y organizado, ya lo empieza a hacer; urge apurar el paso, ya es demasiada la manipulación infame que los muertos están sufriendo a manos del capital. Los muertos necesitan que los viven se organicen y luchen. Esa es nuestra única salida o a los dos nos lleva la calaca.

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